04 Escaner Subjetivo

El proceso artístico como guarida del ruido (Ver Galería) Ver todos los Artículos

A veces, puede pensarse que los cuadros de Ricardo Cadenas son guaridas del ruido.

El observador se sitúa delante, cumpliendo un reseco ritual. Pronto toma conciencia de algo que usualmente (por costumbre, por entrenamiento) se le ha escapado.
la realidad del ruido:
El ruido nos ha ido anestesiando la percepción, refinando nuestros intereses, agudizando hasta la inutilidad nuestros oídos burgueses. Somos receptores poco conscientes de un ruido implacable, repleto de instantes, de ventanas superpuestas, de locomoción real y virtual. Somos degustadores de ruido; acorralados, inundados por esa única realidad ruidosa, inexorablemente vacía, insistentemente devaluada.

Hemos aprendido, con el paso del tiempo, algunas formas de soportar con pasividad este ruido estrepitoso. Por eso ahora nos gobierna.Un primer modo de soportar el ruido utiliza la costumbre. Acostumbrarte al ruido, hacerlo tuyo, asumirlo, incorporarlo a tu propia naturaleza (los efectos secundarios son terribles).

Ejemplo cotidiano: el claxon de la alarma antirrobo de un coche salta en mitad de la madrugada, interrumpiendo nuestro descanso. La repetición de esa alarma, el estúpido grito de propiedad violada que inunda el aire se hace eterno por unos minutos. Cuando parece que va a volvernos locos esa presencia intolerable, el pitido recurrente empieza a incorporarse al ritmo de nuestro duermevela, incluso puede llegar a arrullarnos, a formar parte de nuestra ensoñación de madrugada. Estamos tan cansados…

Otros ejemplos cotidianos:

el tic-tac de un reloj

la cultura

el intercambio de información

la violencia sedada y automática, en raciones diarias, administradas tan sabiamente como las vacunas anuales.

La segunda forma de soportar el estrépito es neutralizarlo con más ruido, más alto. Existen frecuencias de sonido, ondas que, superpuestas, emitidas a la vez, se anulan. Dan como resultado el silencio. Silencio resultante de una suma, similar al color blanco, continente de un equilibrio atroz que nuestra intuición reconoce con terror. Existe algo en nuestro silencio ciudadano que provoca la náusea. Sabemos que detrás se esconden, superpuestas, miles de sinfonías disonantes que se anulan entre sí. En realidad, los degustadores de ruido ya no escuchamos el silencio, tan sólo somos capaces de oír una ausencia de sonido amplificada brutalmente.

En ambos casos, la menor salida de tono en este precario equilibrio silencioso, el más inocente o perverso cambio en la frecuencia, provocan un atronador escándalo. El atropello, la mutilación, la risa contenida, la presencia sin significado de la muerte nos inundan. Se pueden abrir las compuertas de lo extraño: estamos mirando un cuadro de Ricardo Cadenas.

la guarida del ruido

¿Por qué aparece esta idea de guarida, que presupone la de una fiera o un bandido que la ocupen?

Guarida: Lugar al que regresa la bestia tras su cacería, rincón donde el ladrón guarda sus tesoros, o donde el depredador amontona los despojos de sus presas, junto a los desperdicios acumulados. Sitio secreto, escondite oculto a la mirada de otros depredadores.

Estos cuadros conocen los mecanismos de anulación del ruido, son su guarida. Pero esta guarida no es un refugio. No se trata aquí de resguardarse, sino de esconder algo. De hecho, la mencionada anestesia del ruido nutre de algún modo el proceso creativo al que estamos asistiendo. Su sintaxis es similar: adición y síntesis, acumulación de ruido sobre el lienzo, que nos empieza a resultar familiar y alarmante a la vez. Estamos en un escondrijo de sonidos, y es la pátina pictórica del autor la que sabe cambiar la frecuencia.

Imperceptiblemente, cuando nos creemos distanciados, se nos devuelve un estruendo sin paliativos, y nos pilla parados frente al cuadro. Como ese acto –mirar un cuadro- está tan asfixiado de referencias, somos espectadores cansados, muy cansados. Taimados, desengañados, suspicaces, nos estamos plegando una vez más al ritual de la degustación. Pero estos cuadros lo saben: conocen el cansancio de dialogar con la realidad, y utilizan precisamente ese peso insoportable como una memoria olvidada; asumiendo todos los referentes, todas las líneas, todos los iconos. Imaginad que una suerte de Funes el Memorioso se pone a pintar, y que su estruendo de líneas nos rodea, y que se ríe de la pereza infinita de volver a casa, visitando de nuevo habitaciones conocidas, apuntalando los cimientos, constatando que la casa sigue en pie…

Alvaro Cadenas

Texto para la exposición “El rádar humano”, realizada en el Museo Cruz Herrera

La Linea de la Concepción, Cádiz 1998