02 Diagramas del Tiempo

PARA UN MURAL DE RICARDO CADENAS (Ver Galería) Ver todos los Artículos

Imprevisiblemente, el lugar del que procedemos nos asalta muy lejos de donde está, como para convencernos de que por lejos que queramos ir, nunca lograremos ir tan lejos como para perderlo de vista, como para que, en detalles insignificantes, nos haga llegar en un soplo quiénes somos y de dónde venimos, aunque sigamos sin saber, y que dure, adónde vamos. El poeta Fernando Quiñones se encontró cara a cara con el Cádiz de su infancia muy lejos de su infancia y muy lejos de Cádiz: en una iglesia evangelista de Nueva York, a la que había entrado un domingo por la mañana por refugiarse de la ventisca ingrata que imperaba fuera. Allí, mientras un coro de damas negras cantaba unos salmos, de improviso, sintió gravitar sobre él toda la magia que estrangula los espacios y pulveriza el paso del tiempo: y un eco de aquellas voces negras y la extrañeza de estar en Nueva York y ser un hombre adulto que había recorrido el mundo, midió su estatura con la estatura de venir de Cádiz, de la infancia en la playa, del olor a pescado, de las largas tardes de verano. Escribió un poema emocionante sobre ese uppercut repentino: está en Las Crónicas de Rosemont. Un poema en el que me resulta fácil reconocerme (y creo que el poema es tan bueno, que me resultaría igual de fácil reconocerme en él aunque mi infancia no fuera gaditana como la suya, aunque de chico no me hubiera perdido en una playa de Cádiz), porque también a mí me ha asaltado esa extrañeza –que por lo demás creo que es muy común: el trallazo que te trae los sitios de los que procedes muy lejos de ellos, a miles de kilómetros de distancia, como si –durante un instante- ese lugar y el lugar en el que estás se comunicarán por un pasadizo invisible al que sólo tú tienes acceso, o el primero contagiara al segundo de manera aérea, con una fragancia, un misterioso “deja vu”, un simple parecido. Y puede que Cádiz lo ponga fácil –su hermandad con Nápoles, callecitas con ropas tendidas, su otra hermandad, oficializada por una copla popularísima, con La Habana (“La Habana es Cádiz con más delitos/ Cádiz, La Habana con más dinero”, por variar un poco la letra de Burgos, su hermandad vía Carnaval con Río, e incluso con Venecia, unida acaso con Cádiz en el matrimonio de Quiñones con Nadia)-, si bien ciertamente no han sido en esas ciudades aquellas en las que me ha sorprendido el trallazo que dio pie al poema de Quiñones, sino más bien en la contagiosa alegría de las calles de Nueva Orleáns, en los dardos de sol que botaban en el suelo de la piedra antigua de Dubrovnik, incluso en un mendigo de México D.F. que al pedirme monedas en un restaurante y yo decirle que no llevaba y que pensaba pagar la comida con la tarjeta de crédito, sacó una maquinilla para pasar la tarjeta de crédito y me preguntó si quería hacer mi aportación con VISA, Mastercard o American Express… De repente, porque sí, un no sé qué que te llevaba a Cádiz –voces, aromas, fugas del pensamiento hacia el seno materno- y a quien fuiste cuando no eras más que un recipiente donde el mundo vertía toda su magia, con apenas un nombre propio que te servía para ser nombrado cuando pasaban lista en clase cada mañana. No sé si la palabra nostalgia define con exactitud esa sensación de aguda extrañeza, esa confusión maravillosa que de repente neutraliza las leyes del espacio y el tiempo. Finalmente, se guarda uno la sensación en lo más íntimo de sí, y la agrega a la cartografía confidencial con que va corrigiendo a la cartografía verdadera. Decían los antiguos que vivir no era fundamental, lo fundamental era navegar. Puede que lo fundamental sea crearnos nuestro propio mapa, un mapa que en mi caso permite que una calle de Barcelona que en la realidad concluye en la Plaza de la Universidad, comunique con el cementerio de West Brompton que en la realidad está en Londres, y que ese cementerio en el que no entra ningún muerto desde hace ya dos siglos, dé al Barrio de Boca de Buenos Aires desde el que se puede coger un tranvía Lisboeta que después de pasear por el Chiado y atravesar Ámsterdam, alcanza la calle Donceles de México, a la que prolonga una escalinata que va a dar a San Pietro in Montorio de Roma. Esa ciudad íntima se expande continuamente, colonizando nuevas parcelas de nuestra memoria. Y puede que vivir no sea más que tratar de agrandar esa ciudad del mapa que lleva tu nombre.

Nos traemos unas cuantas cosas de cada ciudad. Unas imágenes que perpetuamos clasificándolas con el nombre de la ciudad en las que las hemos conquistado o nos han sido regaladas. Nos traemos unas cuantas cosas que ya se quedan con nosotros y que fijan nuestra conversación secreta con esa ciudad que se ha derramado en la ciudad que somos a través de esos pocos o muchos souvenires, conversaciones, imágenes, sensaciones que nos hemos traído para conservarla. La loseta del Foro Itálico que tengo sobre la mesa, guarda en sus 20 centímetros cuadrados tanto sol romano, tantas tardes. La carta de bebidas de un club de Manhattan, ¿no susurra en cada uno de sus renglones muchas más cosas que tantos versos leídos sobre Nueva York? Impregnamos de lo que somos los objetos y las imágenes con las que poblamos nuestra biografía: y esos objetos no dirán nada a casi nadie. Hablan un idioma indescifrable, que navega entre la melancolía y la pura celebración de su significado íntimo. Pero hay otros muchos objetos e imágenes, cuyo significado es compartible, transplantable, que puede decir las mismas cosas a diferentes personas. Las ciudades se llenan de lugares que tratan de explicitar lo que son o lo que quieren ser, lo que fueron o serán, para que un regimiento de visitantes adquiera experiencias dichosas o brillantes que lo envuelvan con el aire de esas ciudades –en el centro de Roma y en el de otras muchas ciudades míticas, supongo, hay ganapanes vendiendo frascos vacíos en los que triunfa la etiqueta: aire de Roma embotellado. Mediante esos lugares, las ciudades fundamentan unas señas de identidad: y claro que tales señas de identidad repercuten en la colección de cromos que es la biografía del viajero, claro que no se perdonará no tener uno en el que se vea posando ante las Torres Gemelas, claro que le gusta pasar una hora en la Plaza del Zócalo mexicano confundido con el paisanaje, claro que si le dicen Río inmediatamente se le ocurre Carnaval, Ipanema, nalgas marinas, y si Londres, el cambio de la guardia o Portobello o el balón de rugby que diseñó Norman Forser. Imposible pasar por encima de los sellos que hacen reconocibles a las ciudades: pero también esos sellos vienen a formar parte de la gran trama de imágenes que vamos coleccionando para que el insignificante yo de cada cual tenga al menos un arsenal decorativo ante el que posar, un arsenal que podamos llamar biografía. En el caso de Cádiz, es evidente cuáles son esas señas de identidad: está en los testimonios de todos las que la visitaron, de Gautier a Mario Praz, combatientes en la idea de si España era un espectro romántico o un camelo que inventaron unos franceses aburridos de su realidad. Está el mar, con su acero rebotando luz en el aire, están las callejuelas de la parte antigua, está el Carnaval, está –saliéndonos de la ciudad para abarcar la provincia- la Jerez de los señoritos y los gitanos, está la Sierra de los pueblos blancos, está el toreo hondo, está el vino dorado. Está también su historia, desde las mejores hetairas prestadas a la Roma imperial, y las bailarinas celebradas por los poetas del Imperio, hasta La Pepa y la resistencia al francés. Desde el eslogan orgulloso “ciudad más antigua de Occidente” al, y cómo no recordarlo, eslogan inocultable de “ciudad con más paro de Europa”. Una trama de signos y una trama de imágenes. Combínense a placer, métanse en una chistera y sáquense las que convengan para poner en marcha el motor de los recuerdos. Selecciónense los personajes principales de su historia, y también toda la cohorte de personajes menores que prestan color a la atmósfera de la ciudad. Y luego, perdidos por la selva del mundo, esperen el momento exacto, el momento en que te muerda la extrañeza maravillosa expresada en el poema de Quiñones, para entender que somos de aquí, que de aquí venimos, que por mucho mundo que dejemos a nuestras espaldas, para llegar al punto que abandonaste había dos caminos, darse la vuelta o dar la vuelta al mundo. Y en una iglesia de Manhattan o en el barrio francés de Nueva Orleáns, o en una ciega que canta lento en una calle de Oporto, o en las ocurrencias de alguien que te recuerda al Beni de Cádiz, de repente, ahí está, el trallazo que te susurra: esto es Cádiz. No me gustan las exaltaciones retóricas ni las exageraciones de estilo Villalón, ya saben: el mundo se divide en dos, Cádiz y Sevilla. Ni las de estilo Unamuno, ya saben: el mundo es un Bilbao más grande. Pero a veces, una tarde en Dubrovnik por ejemplo, esa sacudida quiñonesca que te hace preguntarte: ¿no llevaría razón Unamuno? ¿será que tampoco exageraba tanto Villalón?

Trama. Es la palabra esencial con la que doy al enfrentarme a las imágenes con las que Ricardo Cadenas ha cartografiado su Cádiz. Cárdenas, un dibujante excepcional, sabe que elegir es identificarse, que el primer acto creativo, inevitablemente, radica en fijar la atención. Es un cazador. Y a este respecto viene bien el texto introductorio a su libro “Caza Sutil” donde demuestra un intachable dominio del dibujo y el color, y una elegancia oriental: “En el tercer tomo de sus memorias, traducido al castellano como Pasados los setenta, nos habla el escritor alemán Ernst Jünger de una de sus ocupaciones principales, denominándola caza sutil. Se refiere al hecho de atrapar insectos, entre ellos, bellísimas y extrañas mariposas que para Jünger son símbolos de un universo repleto de vida, pero cuya actividad se nos manifiesta casi en silencio, como un arrullo. En cierta medida, algo parecido ocurre con el dibujo. En la tarea de dibujar se hace necesario un intenso grado de atención que busca responder a estímulos aparentemente débiles, pero en esencia muy poderosos, muy hondos. Hay muchas formas de pensar el dibujo. Una posible es aquella que va elaborando signos de un ideograma complejo, que va persiguiendo determinada caligrafía de las imágenes para construir conjuntos de líneas ágiles, sutiles y quebradizas, como los propios insectos y sus movimientos”.

Elaborar signos de un ideograma complejo: de eso, exactamente, se trata. La realidad, la experiencia, el almacén de recuerdos, nos presta las imágenes, pero ¿cómo transformarlas para que digan lo que queremos decir, para que de alguna forma nos digan? ¿Cómo ha dicho Ricardo Cadenas, Cádiz en este mural?

El diagrama, el mapa, el ideograma, son artefactos milagrosos: aúnan la complejidad de lo expresado con la simplicidad o nitidez de la expresión. Así, la expresión del dibujo de Ricardo Cadenas es nítida, elegante, de una claridad soberana. Su pulso exquisito, sus posibilidades innúmera: ya ataque el hiperrealismo sin pudor, ya se adentre en los espectros de la “chinoserie”, no le falla, el resultado es siempre una estampa delicada, armoniosa, justa, en la que no sobra nada y nada falta, en la que las sugerencias son inapelables. Pero detrás, lo expresado, está lleno de ramificaciones: se produce una conversación de imágenes que, lejos de conformarse con transplantar el alma de una ciudad a una simple sucesión de viñetas en la que quede reducida, ahonda en su compleja red de significados invitándonos a ver más allá del conjunto de líneas ágiles, sutiles y quebradizas. Algunos de esos elementos son más impunemente biográficos que otros, es obvio: así la presencia del retrato de Rafael de Paula, el torero predilecto de un Ricardo Cadenas enamorado de la tauromaquia como magia, como portentosa fábrica de momentos milagrosos. Pero, ¿y ese admirable globo terrestre rodeado de camiones que a uno le encantaría lucir en una camiseta y que de repente se nos presenta como el escudo ideal de la ciudad, de cualquier ciudad? ¿Qué significa? Y ¿importa su significado? Importa, sin duda, pero importa sobre todo por su doble funcionamiento: como viñeta insólita y preciosa, y como contraposición a los otros elementos con los que se fragua la trama en la que Cádiz va dicha con voz de quien sabe que no hay modo de decir una ciudad que no nos exija decirnos a nosotros mismos. Otros elementos están sin duda relacionados con las señas de identidad, e incluso con los tópicos, si se quiere, de la ciudad –o la provincia cantada-, como la comparsa elegante, Hércules o la botella de vino, pero se diría que lo que reina en el mural es, junto a esos homenajes dichosos a las señas de identidad proporcionadas a través del tiempo –la ciudad más antigua de Occidente ya saben: las dos empresas más antiguas del mundo, las que llevan trabajando ininterrumpidamente desde hace 3.000 años son los hornos crematorios de Benarés y la industria de las olas en las playas de Cádiz (apúntame otra exageración)- un canto al hecho de viajar. Camiones, autobuses rodeando el planeta, pero también un barco y un avión: como si Ricardo Cadenas hubiera intuido el poema de Fernando Quiñones, y supiera que Cádiz puede sobrecogerte en una iglesia evangelista –¿o era episcopaliana?- de Manhattan. La ciudad queda expresada pues en una trama de viñetas y figuras que, cada una por sí sola, sería sencillamente maravillosa –esos dos bailarines, esa espalda de muchacha desnuda, el precioso tríptico de la barca, el humorístico esqueleto con algo de mexicano-, pero que conversando las unas con las otras consiguen de forma conmovedora susurrar Cádiz, por un lado, y también susurrar la capacidad sugeridora del dibujo de Cadenas.

No se cansan las ciudades de suscitar obras de arte. No les basta con perpetuarse en el tiempo hasta el último aliento –o hasta que las borre una catástrofe-: necesitan ser cantadas para existir más allá del trámite de la existencia en lo que puramente son, dédalos de calles y muchedumbres de ciudadanos desgranando sus vidas en la línea del tiempo. Ricardo Cadenas ha cantado Cádiz, su Cádiz particular que, por ese genuino acto de alquimia en que consiste la obra creativa, también forma parte ya de nuestro Cádiz, en el que, tópicos y hallazgos originales colaboran con precisa energía. De alguna manera su solvente ejercicio –en el que cada trazo es una prueba mayúscula de maestría, de sutileza, de elegancia- me recuerda a un cuento memorable de Vladimir Nabokov titulado Guía de Berlín. En él, un escritor ruso exiliado en Berlín, trama un relato que se propone ser una guía de cosas y detalles de la ciudad en la que vive. Quiere describir las taquillas colocadas en la parte trasera de los tranvías, donde va el cobrador del bigote engominado; quiere describir los lavabos de los restaurantes, y el sonido de la lluvia en las avenidas principales, y cómo cambian de color las hojas de los árboles de los parques. No quiere hacer una guía en la que se recomiende a los lectores los museos a los que tienen que ir, los hoteles en los que es preciso alojarse, los cabarets donde se lucen las mejores piernas. Lo que quiere es exprimir la vida cotidiana para obtener un jugo poético en el que todo lo que se cuente susurre un solo nombre a quien sepa oírlo: Berlín. Pues para él Berlín está en las tardes sin nada que hacer pasadas en los parques consumiendo cigarrillos, y en las noches en las que habla ruso con compañeros de exilio, pero también en el olor a perfume de los cines, y en el tacto de la madera de los asientos de los tranvías. Esas cosas guardan verdaderamente para él lo que Berlín será cuando ya no esté en Berlín, como una canción que oímos en cierto lugar, al ser escuchada de nuevo, mucho tiempo después y a miles de kilómetros de distancia del lugar donde la escuchamos, nos trae inmediata la imagen de aquel lugar que para siempre estará hermanado con esa canción. Un amigo del escritor ruso le dice que es una estupidez confeccionar una guía así de Berlín, porque no le interesará a nadie. Pero de repente, el narrador ve que un niño está mirando embobado las peceras de caramelos de colores de un kiosco –otro de los elementos que integrarán su guía- y se da cuenta del sentido preciso que tiene su Guía de Berlín: estará contando las sensaciones futuras que tendrá ese niño cuando se recuerde a sí mismo mirando esas peceras de caramelos y esas peceras ya no existan, estará adelantando la nostalgia imbatible que sacudirá a quien recuerde lo que ya sólo existe en los laberintos de su mente. El mural de Ricardo Cadenas tiene algo de Guía Espectral de Cádiz, es hermana de esa Guía de Berlín del cuento de Nabokov. Consigue alojar en esos cuantos detalles que ha seleccionado, que ha cazado tan sutilmente, el significado hondo de una ciudad en la que también fue niño, en cuyas playas vio a un señor vestido de negro que era José María Pemán, en la que reconoció la euforia tan propia de las ciudades que saben tratarse con el mar, que no le dan la espalda al mar, de que navegar es, sin duda, lo importante.

A riesgo de llenar este texto de referencias literarias, es inevitable recordar los extraños mapas borgianos: el imposible mapa que coincidiera exactamente en tamaño con lo cartografiado –como un manto echado sobre las cosas- y el mapa de quien al realizarlo no se estaba dando cuenta de que dibujaba su propio rostro. Es, naturalmente, éste segundo el que nos interesa. Cuánto haya del propio rostro de Ricardo Cadenas en la sucesión de imágenes de su moral es cosa que sólo sabe él. Lo que importa, sin embargo, en su mural, es cuanto de nosotros hallamos en esos trazos que traman una cartografía distinta que, atendiendo al homenaje explícito a la ciudad, reconstruye una experiencia particular. La experiencia de quien ha vislumbrado Cádiz en una serie de imágenes que, sin tropezar las unas con las otras, encadenándose como calles, aspiraba a atraparnos en el tejido de un relato íntimo –con fundadas aportaciones del tópico. Tejido: todo texto lo es, etimológicamente. Y entusiasma en el mural de Cadenas lo que tiene precisamente de tejido, de texto: nos regala las piezas para componerlo, piezas de un puzzle que pudiera ser mayor y que no sólo es hermoso en su resultado, sino que también inspira una especie de dichosa simpatía (en el sentido también etimológico del término: es decir, comunidad de intereses, gustos, preocupaciones). Cádiz, quién lo duda, es una de las ciudades más simpáticas del mundo. Y la simpatía que irradia el mural de Ricardo Cadenas, es la de las obras que, sencillamente, nos hacen bien. No sé si, visto desde muy cerca, el mural de Ricardo Cadenas, como en la ocurrencia borgiana, nos mostraría el rostro del propio pintor. Yo en sus líneas, he visto sin dificultad alguna los rasgos del mío, a la manera en que Quiñones encontró el aroma de Cádiz aquella mañana de Domingo en Manhattan. Los signos puestos en juego en este mural, el ideograma complejo que forma la caligrafía de Ricardo Cadenas, consiguen ser de un solo golpe fantástico un homenaje encendido a su propia Cádiz, pero también, y sobre todo, un portentoso homenaje al arte de dibujar.

JUAN BONILLA

Sevilla, Mayo, 2M7